Mi compañera

El pelo de seda casi siempre suelto colgando en forma de melena, otras, las menos, recogido con cierta despreocupación, le cae con gracia hacia un lado de su fino y largo cuello de cisne mientras se mueve airosa por la casa.

La que tantas veces me hizo reir, la que tantas veces me vio llorar, su cuerpo es delgado como una espiga, pero no a base de gimnasios ni pamplinas, ni clases de zumba ni nada por el estilo, ella es así a base de luchar en la vida, de esas que nunca se rinden en la primera batalla, mi amiga, mi compañera.

Su vientre ahora es plano y suave, blando, como la almohada más cómoda que solo de las mujeres que han sido madre pueden tener, porque ella tuvo dos veces la suerte de engordar para acunar en su vientre y en lo más hondo de su alma a las dos semillas que más bonita todavía la hicieron, más mujer, más madura, aún más bella.

Sus labios como queriendo salirse de su cara te miran y te dicen “te quiero”, rojos y carnosos, hasta sin pintar parecen pintados, delicados, y si encima los acompaña con esa mirada en esos ojos rasgados, marrones y con esas pestañas que se juntan con su pelo, ahí es entonces cuando muero. El mundo ya no es mundo, todo se desenfoca detrás de ella, como un efecto “Bokeh” todo desaparece, mi amiga, mi compañera.